Crítica de Ellas hablan: romper el silencio y alzar la voz

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Crítica de Ellas hablan: romper el silencio y alzar la voz

Sarah Polley se inspiró en la novela de Miriam Toews para llevar a cabo la película Ellas hablan, protagonizada por un gran elenco que incluye a Rooney Mara, Claire Foy, Jessie Buckley, Judith Ivey, Sheila McCarthy, Michelle McLeod, Kate Hallett, Liv McNeil  y Ben Whishaw, que le valió el Oscar a Mejor Guión Adaptado.

El drama sigue a un grupo de mujeres menonitas que tras ser drogadas y abusadas sexualmente durante las noches por los hombres de su propia comunidad, se reúnen en secreto para debatir en solo 24 horas si deciden perdonar y obedecer a sus agresores, quedarse en la congregación y luchar o huir junto a sus hijas.

Mujeres de tres generaciones que no tienen estudios, no saben leer ni escribir y no tienen acceso a la información que poseen los hombres comprenden algo fundamental: lo que les hicieron a ellas no puede sucederles a sus hijas.

A pesar de los horrores vividos, ellas continúan de pie y sosteniéndose unas a otras. La mayoría incluso conserva su fe intacta, porque no es su fe la culpable de lo que les sucedió: son los hombres que las rodean.

Women Talking Rooney Mara, Claire Foy, Jessie Buckley, Frances McDormand, Ben Whishaw Judith Ivey

Una de las decisiones más importantes de la directora fue no mostrar las agresiones sexuales. La película se centra en las conversaciones, los silencios y las discusiones de estas mujeres, como si estuviéramos frente a una obra de teatro. Lo trascendental no es mostrar el horror, sino escuchar cómo intentan poner en palabras aquello que les hicieron y qué hacer con ese dolor.

Las actuaciones son imponentes. Claire Foy, como Salomé, transmite la desesperación y determinación de una mujer que busca romper con el círculo de violencia, mientras Jessie Buckley, como Mariché, encarna la furia y el miedo de quien quiere luchar por un futuro diferente. Ambas merecían, sin dudas, una nominación al Oscar a Mejor Actriz.

Rooney Mara, en cambio, construye una Ona mucho más silenciosa y reflexiva, atravesada por un conflicto interno que la lleva a observar y escuchar antes de tomar una posición. Su personaje representa otra manera de enfrentarse a una realidad traumática y deja en claro que no todas las mujeres procesan el dolor de la misma manera.

La fotografía de Luc Montpellier utiliza una paleta desaturada y una iluminación naturalista que refuerzan el aislamiento de la comunidad y el peso emocional de cada conversación. Los espacios rurales, los interiores austeros y los cielos casi siempre grises construyen una atmósfera opresiva sin necesidad de mostrar violencia.

El sonido, en cambio, trabaja desde la contención. Los silencios, las pausas y las voces de las protagonistas adquieren un peso enorme, haciendo que cada palabra pronunciada en esas reuniones se sienta como un acto de resistencia.

Ellas hablan demuestra cuán importante es la unión entre mujeres para crear espacios seguros donde podamos romper el silencio y hablar sobre lo que nos pasa. Porque cuando una mujer se atreve a contar su historia y las demás deciden escucharla, el dolor deja de ser individual y la lucha puede convertirse en colectiva. Eso también es sororidad.

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