Crítica de Matate, amor: maternidad y salud mental

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Crítica de Matate, amor: maternidad y salud mental

Tras Ratcatcher (1999), Morvern Callar (2002) y Tenemos que hablar de Kevin (2011), Lynne Ramsay vuelve a explorar la maternidad y la salud mental con Mátate, amor (Die My Love), basada en la novela homónima de la escritora argentina Ariana Harwicz y protagonizada por Jennifer Lawrence y Robert Pattinson.

El thriller sigue a Grace (Lawrence) y Jackson (Pattinson), una pareja que comienza una nueva vida en una remota casa de Montana. Tras el nacimiento de su primer hijo, lo que parecía una existencia idílica comienza a tornarse desoladora y Grace empieza a perder el control sobre sí misma.

La insatisfacción, la melancolía y la ira avanzan sobre la protagonista, desdibujando progresivamente su conducta hasta volverla más inestable, impredecible e irreconocible. La película se sumerge en su experiencia subjetiva y convierte su percepción del mundo en el principal territorio del relato.

Grace atraviesa episodios de delirio, euforia, violencia y autolesión, pero Jackson no logra comprender lo que le sucede. Los normaliza, los evita y se obstina en no intervenir, profundizando todavía más el aislamiento de Grace y la distancia dentro de la pareja.

¿Es depresión posparto? ¿Padece bipolaridad? ¿Se trata de un trastorno límite de la personalidad? La película nunca ofrece un diagnóstico y, quizás, tampoco lo necesita. Más allá de ponerle un nombre a lo que atraviesa Grace, queda claro que la maternidad y la rutina conyugal están profundamente ligadas a su malestar.

Lynne Ramsay construye la experiencia de Grace desde los sentidos, apoyándose en la fotografía de Seamus McGarvey y el diseño sonoro de Tim Burns y Paul Davies. El sonido estridente, los colores intensos, la cámara en movimiento y los encuadres incómodos trasladan a la pantalla el caos interno de la protagonista y su progresivo desborde emocional.

La directora no observa a Grace desde una distancia objetiva: nos sumerge en su percepción fragmentada, haciendo que el espectador experimente junto a ella la confusión, la angustia y la pérdida de control.

La entrega de Jennifer Lawrence es animal, visceral y descomunal. La actriz se entrega por completo a un personaje incómodo, impredecible y vulnerable, y ofrece una de las interpretaciones más intensas de su carrera. Robert Pattinson, por su parte, consigue estar a la altura y construir un personaje cuya pasividad resulta tan perturbadora como las propias acciones de Grace.

Matate, amor es un retrato alucinante, crudo y visceral sobre la maternidad, el aislamiento y la salud mental. Una película incómoda que se niega a ofrecer respuestas sencillas y que, justamente por eso, permanece en la cabeza mucho después de terminar.

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