Crítica de La hermanastra fea: la belleza como tortura

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Crítica de La hermanastra fea: la belleza como tortura

La hermanastra fea, la opera prima de la directora noruega Emilie Blichfeldt y protagonizada por Lea Myren, Thea Sofie Loch Næss, Ane Dahl Torp y Flo Fagerli, es una reinterpretación del cuento de Cenicienta que apunta a los mandatos de belleza de una forma muy incomoda e interesante.

El body horror, ambientado en la Europa del siglo XIX, sigue a Elvira (Myren), quien se somete a una tortuosa transformación física para competir con su hermanastra Agnes (Loch Næss) y conquistar a un codiciado príncipe.

La belleza duele. Y en todos los sentidos. Pero ¿cuánto dolor estamos dispuestas a soportar para ser aceptadas? Al igual que Coralie Fargeat en La sustancia, Blichfeldt utiliza el body horror para representar el sufrimiento al que se expone su protagonista, llevando la transformación física hasta límites tan extremos como difíciles de digerir.

Hoy abundan el bótox, el ácido hialurónico, el Ozempic y cientos de tratamientos estéticos que ofrecen “soluciones” para inseguridades creadas o amplificadas por la propia industria. ¿Pero cómo era en el siglo XIX? La película resulta fascinante al mostrar que los rituales de belleza y el dolor detrás de ellos existen desde hace siglos.

Pero no es únicamente la sociedad la que empuja a las mujeres hacia esta tortura llamada belleza. A veces también aparece dentro de la propia familia: una madre que, porque lo aprendió de la suya, transmite a sus hijas que están gordas, que deben ser más femeninas o que, si no se esfuerzan, ningún hombre las va a elegir. Esa violencia heredada de generación en generación también atraviesa la película.

Los personajes son uno de sus grandes aciertos. Una madre que somete a sus hijas para sobrevivir, una hija dispuesta a hacer cualquier cosa para ser aceptada y otra que decide resistirse al mandato. Incluso la hermanastra “perfecta” termina sufriendo las consecuencias de una belleza que también se convierte en una prisión. Cada personaje evoluciona y representa una manera diferente de enfrentarse a esa presión.

A nivel visual, la directra construye un universo grotesco y fascinante a través de la fotografía disruptiva de Marcel Zyskind, un vestuario exagerado diseñado por Manon Rasmussen, escenarios tétricos y una banda sonora compuesta por John Erik Kaada y Vilde Tuv, completamente fuera de época. La combinación refuerza el carácter absurdo y perturbador de una historia que lleva el cuento de hadas hacia un territorio mucho más oscuro.

La hermanastra fea es oscura, repugnante y profundamente provocativa. Una película sobre la obsesión con la belleza y la experimentación sobre el propio cuerpo que, pese a estar ambientada en el siglo XIX, resulta inquietantemente actual.

No es una experiencia accesible para todos los espectadores, especialmente por la crudeza de algunas de sus imágenes, pero quienes estén dispuestos a atravesarla encontrarán una reversión de Cenicienta tan incómoda como estimulante.

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