Crítica de Anora: la Pretty Woman de Sean Baker

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Crítica de Anora: la Pretty Woman de Sean Baker

Sean Baker, el cineasta estadounidense detrás de The Florida Project (2017) y Tangerine (2015), vuelve a poner el foco en personajes atravesados por la vulnerabilidad, la desigualdad y los márgenes sociales con Anora, protagonizada por Mikey Madison y Mark Eydelshteyn. La película fue una de las grandes protagonistas de la temporada de premios y se alzó con cinco Óscar, incluidos Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Actriz.

La historia sigue a Ani (Madison), una bailarina erótica que inesperadamente se enamora y se casa con su cliente Vanya (Eidelstein), el integrante más joven de una familia rusa multimillonaria. Sin embargo, esta historia de amor está lejos de ser como la de Pretty Woman.

La comedia dramática es una auténtica montaña rusa de emociones: comienza con un ascenso fantasioso, excesivo y vertiginoso para luego transformarse en una caída que deja al descubierto las diferencias de clase, el dinero y las relaciones de poder. Su ritmo y su atmósfera recuerdan por momentos a Uncut Gems y Good Time, dos películas de los hermanos Safdie.

La estética acompaña ese vértigo con una puesta en escena vibrante y naturalista. La fotografía de Drew Daniels combina luces de neón, colores intensos y espacios nocturnos con una cámara que se mueve constantemente junto a los personajes. El montaje de Sean Baker y Drew Daniels sostiene ese ritmo frenético, mientras que la música de Matthew Hearon-Smith contribuye a reforzar el contraste entre la euforia inicial y el tono cada vez más áspero del relato.

Mikey Madison es el alma de la película y entrega una actuación extraordinaria. Sin embargo, resulta imposible ignorar que Sean Baker explota tanto a la actriz como a su personaje a través de una acumulación innecesaria de escenas eróticas durante los primeros treinta minutos. Desde una mirada claramente androcentrista, la cámara insiste una y otra vez sobre el cuerpo de Ani, relegando temporalmente la construcción dramática del personaje en favor de una sexualización que termina siendo excesiva y contraproducente.

Anora es eléctrica, caótica, agridulce y, sobre todo, desgarradora. Detrás de su humor y su energía desbordada, el director construye una mirada profundamente humana sobre quienes quedan al margen de un mundo donde el dinero parece determinarlo todo.

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